He corrido en la
boca del mundo.
He devengado la
deuda en los aros
de un eco que no
siento mío.
Baño mi cuerpo
con númenes
nuevos.
Pero es imposible,
siempre reencarnan
vorágines falsas que
duelen genuinas.
Huyo de mí y
mi existencia,
pero es imposible.
Hunden mis yo del
pasado su lanza en
mi frente y perezco
a nacer nuevamente.
jueves, 26 de febrero de 2009
lunes, 23 de febrero de 2009
Humaredas
No importa si vas
Si te quedas
Si duermes
Tu sombra te sigue
Como tu sangre
Como tu propio
Destino
Como el silencio
Que aguarda en tu
Tumba
Como el mar que
Ahogará tus
Cenizas
Si te quedas
Si duermes
Tu sombra te sigue
Como tu sangre
Como tu propio
Destino
Como el silencio
Que aguarda en tu
Tumba
Como el mar que
Ahogará tus
Cenizas
viernes, 13 de febrero de 2009
Troyas errantes
Nunca dejaste tu Itaca,
toda tu tierra ha viajado en tu espalda.
Hace ya tanto que Troya ha caído que
aquellos que han vuelto ya han muerto
en sus casas. Sólo tú permaneces errante,
sólo tus pasos conversan contigo.
Ya la ceniza ha blanqueado su sangre en
la espuma del tiempo.
Has olvidado que nadie te espera.
¿Quién era ella?
¿Quién destejía en tus ausencias?
Sólo un oscuro caballo penetra en tu aliento.
Pintas en cuevas tu ruta de escape y
destruyes la roca.
Entras al mundo en que moran los muertos y
nada florece.
No vas a volver,
no tiene sentido volver si no hay nadie.
No vas a volver,
nadie te llora, nadie humedece su vientre pensando
en tus manos… nadie te aguarda.
No tienen destino tus últimas huellas,
los dioses te mienten y tu inventas dioses.
No vas a volver a embestirle su vientre,
no vas a volver a sembrar en sus labios.
Ahora asesinas, engañas, copulas, mas nunca
regresas.
Todos han muerto.
Todo el estambre pudrió en el olvido.
Sólo tú permaneces errante.
Nadie volvió del pasado.
Nadie es la Itaca que nunca dejaste.
toda tu tierra ha viajado en tu espalda.
Hace ya tanto que Troya ha caído que
aquellos que han vuelto ya han muerto
en sus casas. Sólo tú permaneces errante,
sólo tus pasos conversan contigo.
Ya la ceniza ha blanqueado su sangre en
la espuma del tiempo.
Has olvidado que nadie te espera.
¿Quién era ella?
¿Quién destejía en tus ausencias?
Sólo un oscuro caballo penetra en tu aliento.
Pintas en cuevas tu ruta de escape y
destruyes la roca.
Entras al mundo en que moran los muertos y
nada florece.
No vas a volver,
no tiene sentido volver si no hay nadie.
No vas a volver,
nadie te llora, nadie humedece su vientre pensando
en tus manos… nadie te aguarda.
No tienen destino tus últimas huellas,
los dioses te mienten y tu inventas dioses.
No vas a volver a embestirle su vientre,
no vas a volver a sembrar en sus labios.
Ahora asesinas, engañas, copulas, mas nunca
regresas.
Todos han muerto.
Todo el estambre pudrió en el olvido.
Sólo tú permaneces errante.
Nadie volvió del pasado.
Nadie es la Itaca que nunca dejaste.
domingo, 8 de febrero de 2009
Donaires de antaño
―¡Jóven, súbase al taxi o les doblo la multa!
Y obedecí porque vi en su mirada la inherente invalidez por razonar. Y es que al ver la expresión del taxista enfrentando una multa y por ende perder un dinero ganado con muchos esfuerzos sentí necesario salir y explicar lo ocurrido.
― Oficial… Fui yo quien la abrió. Yo decidí abrir la puerta por mi propia voluntad.
Pero sólo recibí aquel ultimátum y un nuevo pliegue de angustia en la cara de un taxista que durante todo el trayecto sólo había articulado palabras austeras de desgana y pesimismo: que el gobierno, que las deudas, que los precios, que los pocos pasajeros. Puras diatribas urbanas. Me había bajado por la misma portezuela de la izquierda, la que jamás debe abrirse. Sé que no hay pretexto pues la norma salvaguarda al pasajero, sólo comparto que sí avizoré que no hubiese peligro, y efectivamente no había auto en camino, así que al mirar a la anciana en su estéril progreso en abrir la manija del lado derecho, no dudé en abrir mi puerta y dejar que la joven de en medio que deseaba bajar lo hiciese por la puerta inapropiada en un par de segundos y yo retornara a mi asiento en un ínfimo lapso. Todo fue coordinado sin diálogo previo, como si una mirada detonará de pronto el sentido común y así en un chispazo los cuerpos ejercieran su albedrío de movimiento para redimir a unas débiles manos que infructuosamente encausaban su afán en abrir la terrible manija de una puerta que no cooperaba en librar su cerrojo. Todo resultó perfecto, salvo que de pronto arribó una patrulla encendiendo sus luces.
Ya en mi asiento volteé a ver el rostro de aquella longeva mujer y al cruzar las miradas no pude más que obsequiarle una franca sonrisa que devolvió de inmediato. Ya había desistido de halar la manija y ahora tal vez ni siquiera sabía del conflicto a la espalda del taxi. Unos segundos después fui testigo de cómo el taxista pagaba su multa de forma instantánea, pues por la inercia del caso volví mi vista hacia atrás en el justo momento en que el taxista alargaba un billete a la mano corrupta de uno de los policías mientras el otro oficial devolvía el documento. ¿Pediría factura? ¿Contarán las unidades con caja registradora y el implemento del boucher? No espero respuestas. Una vez ya en su lugar el chofer intentó reanudar sus enconos agrestes, pero antes de emanar sus aspavientos puse en su mano un billete gemelo del que se había despegado con tanta zozobra. Entonces cambió su expresión descompuesta a una sana expresión de chofer indulgente y en todo el camino fue un nuevo taxista; ahora era afable, festivo, optimista, ahora era ya un pajarero al volante. Y entiendo perfecto que al recobrar su dinero a los pocos segundos de haberlo perdido le hicieron mudar su talante irritado por un sosegado perfil que impregnó todo el taxi de un plácido entorno, pero no subsané ese billete por él, ni por las mismas secuelas que pudiese arrojarle el haberlo perdido, sino por ella, por dignificar mi gesto, mi amabilidad con ella. Porque con ese dinero ―suficiente apenas para comprar cinco diarios ― no se paga el placer de brindar a una dama un donaire de antaño.
Pero aquí no ha acabado la historia, pues el mismo día al tomar otro taxi para retornar a casa sucedió otro incidente. Esta vez nadie abrió puerta alguna, no hubo multa ni ceños fruncidos. Fue justo enfrente del gran hospital adyacente a un edificio de Issstecali. Llegamos al alto cuando una mujer que cruzaba la calle de forma muy lenta recibió una expresión de disgusto por parte de un patán apresurado en un auto paralelo al taxi.
― ¡Muy buena… pero muy lenta!
Sentí enormes deseos de correr y romperle algún hueso. ¿Cómo es posible que alguien se atreva a afrentar a un humano que sale entristecido de un territorio donde lo mismo acontecen sentencias de muerte que el prólogo puro de una nueva vida? ¿Es que nadie observó el que en las manos de aquella mujer se encontraba ese clásico sobre donde se porta el resultado de un estudio? ¿Por qué esa barbarie arrojada a una dama cuyo única falta (que nunca lo es) es cruzar una calle con lánguidos pasos? Yo nunca olvido que hace justo veinte años en ese lugar falleció mi abuelo, mi bisabuela y seguro muchísima gente. Es ahí en ese espacio con olor a asepsia y a estertor humano donde doctor y paciente comparten la cábala humana de asir y alejar la dolencia de un cuerpo jamás adiestrado a ampararse perfecto. Es ahí donde se abre ese sobre y se expresa ese código frío de endémicos verbos. Haber increpado a esa dama es haber incidido en una falta de respeto irracional, una absoluta y total apatía al vital humanismo, una vil maledicencia que padecen y enuncian aquellos inaptos a guardar las atenciones y civismos.
Papiloma humano, cáncer cérvico uterino, cáncer de mama, cualquier resultado maligno instituye enfrentarse un ambiente de angustia y congoja que precede a aceptar y afrontar dichos males. Antes de atreverse a lanzar vilipendios se debe tener muy presente que así como en cada sala, en cada pasillo, en cada rincón de cualquier hospital se exige un ambiente de paz, discreción y sigilo, también en las calles y edificios circundantes se puede leer la palabra “silencio”.
Más allá de cualquier resultado acogido en un sobre uno debe tener el recato inherente que dicte la buena costumbre y el sano humanismo. Ojala que ese sobre tuviese excelentes noticias. Yo espero que lejos de ser una mala sentencia ese sobre tuviese un poema o una carta de amor y que fuese la causa de ese lento caminar que enaltece la hermosura de una dama.
Y obedecí porque vi en su mirada la inherente invalidez por razonar. Y es que al ver la expresión del taxista enfrentando una multa y por ende perder un dinero ganado con muchos esfuerzos sentí necesario salir y explicar lo ocurrido.
― Oficial… Fui yo quien la abrió. Yo decidí abrir la puerta por mi propia voluntad.
Pero sólo recibí aquel ultimátum y un nuevo pliegue de angustia en la cara de un taxista que durante todo el trayecto sólo había articulado palabras austeras de desgana y pesimismo: que el gobierno, que las deudas, que los precios, que los pocos pasajeros. Puras diatribas urbanas. Me había bajado por la misma portezuela de la izquierda, la que jamás debe abrirse. Sé que no hay pretexto pues la norma salvaguarda al pasajero, sólo comparto que sí avizoré que no hubiese peligro, y efectivamente no había auto en camino, así que al mirar a la anciana en su estéril progreso en abrir la manija del lado derecho, no dudé en abrir mi puerta y dejar que la joven de en medio que deseaba bajar lo hiciese por la puerta inapropiada en un par de segundos y yo retornara a mi asiento en un ínfimo lapso. Todo fue coordinado sin diálogo previo, como si una mirada detonará de pronto el sentido común y así en un chispazo los cuerpos ejercieran su albedrío de movimiento para redimir a unas débiles manos que infructuosamente encausaban su afán en abrir la terrible manija de una puerta que no cooperaba en librar su cerrojo. Todo resultó perfecto, salvo que de pronto arribó una patrulla encendiendo sus luces.
Ya en mi asiento volteé a ver el rostro de aquella longeva mujer y al cruzar las miradas no pude más que obsequiarle una franca sonrisa que devolvió de inmediato. Ya había desistido de halar la manija y ahora tal vez ni siquiera sabía del conflicto a la espalda del taxi. Unos segundos después fui testigo de cómo el taxista pagaba su multa de forma instantánea, pues por la inercia del caso volví mi vista hacia atrás en el justo momento en que el taxista alargaba un billete a la mano corrupta de uno de los policías mientras el otro oficial devolvía el documento. ¿Pediría factura? ¿Contarán las unidades con caja registradora y el implemento del boucher? No espero respuestas. Una vez ya en su lugar el chofer intentó reanudar sus enconos agrestes, pero antes de emanar sus aspavientos puse en su mano un billete gemelo del que se había despegado con tanta zozobra. Entonces cambió su expresión descompuesta a una sana expresión de chofer indulgente y en todo el camino fue un nuevo taxista; ahora era afable, festivo, optimista, ahora era ya un pajarero al volante. Y entiendo perfecto que al recobrar su dinero a los pocos segundos de haberlo perdido le hicieron mudar su talante irritado por un sosegado perfil que impregnó todo el taxi de un plácido entorno, pero no subsané ese billete por él, ni por las mismas secuelas que pudiese arrojarle el haberlo perdido, sino por ella, por dignificar mi gesto, mi amabilidad con ella. Porque con ese dinero ―suficiente apenas para comprar cinco diarios ― no se paga el placer de brindar a una dama un donaire de antaño.
Pero aquí no ha acabado la historia, pues el mismo día al tomar otro taxi para retornar a casa sucedió otro incidente. Esta vez nadie abrió puerta alguna, no hubo multa ni ceños fruncidos. Fue justo enfrente del gran hospital adyacente a un edificio de Issstecali. Llegamos al alto cuando una mujer que cruzaba la calle de forma muy lenta recibió una expresión de disgusto por parte de un patán apresurado en un auto paralelo al taxi.
― ¡Muy buena… pero muy lenta!
Sentí enormes deseos de correr y romperle algún hueso. ¿Cómo es posible que alguien se atreva a afrentar a un humano que sale entristecido de un territorio donde lo mismo acontecen sentencias de muerte que el prólogo puro de una nueva vida? ¿Es que nadie observó el que en las manos de aquella mujer se encontraba ese clásico sobre donde se porta el resultado de un estudio? ¿Por qué esa barbarie arrojada a una dama cuyo única falta (que nunca lo es) es cruzar una calle con lánguidos pasos? Yo nunca olvido que hace justo veinte años en ese lugar falleció mi abuelo, mi bisabuela y seguro muchísima gente. Es ahí en ese espacio con olor a asepsia y a estertor humano donde doctor y paciente comparten la cábala humana de asir y alejar la dolencia de un cuerpo jamás adiestrado a ampararse perfecto. Es ahí donde se abre ese sobre y se expresa ese código frío de endémicos verbos. Haber increpado a esa dama es haber incidido en una falta de respeto irracional, una absoluta y total apatía al vital humanismo, una vil maledicencia que padecen y enuncian aquellos inaptos a guardar las atenciones y civismos.
Papiloma humano, cáncer cérvico uterino, cáncer de mama, cualquier resultado maligno instituye enfrentarse un ambiente de angustia y congoja que precede a aceptar y afrontar dichos males. Antes de atreverse a lanzar vilipendios se debe tener muy presente que así como en cada sala, en cada pasillo, en cada rincón de cualquier hospital se exige un ambiente de paz, discreción y sigilo, también en las calles y edificios circundantes se puede leer la palabra “silencio”.
Más allá de cualquier resultado acogido en un sobre uno debe tener el recato inherente que dicte la buena costumbre y el sano humanismo. Ojala que ese sobre tuviese excelentes noticias. Yo espero que lejos de ser una mala sentencia ese sobre tuviese un poema o una carta de amor y que fuese la causa de ese lento caminar que enaltece la hermosura de una dama.
jueves, 5 de febrero de 2009
Marcos sin tiempo
Dotaste a las cosas de voz
y ahora apagas tu boca
en un beso imposible.
Ahora mi oído te busca
en los rostros de cada
palabra.
Todas tus fotografías se
han ido en palomas que
vuelven ya nunca.
Sólo has dejado un
cometa en mi sangre.
Cuatro palabras se
asfixian y no logro
asirlas.
Yo me hundo con
ellas y allá lloraré
lo que nunca en
el tiempo.
lunes, 2 de febrero de 2009
Sed de magnolias
Esta es
Mi vena
En que tú
Mi magnolia
Fermentas
La luz
Que me bebo
A tu lado
Único sorbo
En que
Vuelve
A nacer
Tu magnolia
En mi
Vena
Mi vena
En que tú
Mi magnolia
Fermentas
La luz
Que me bebo
A tu lado
Único sorbo
En que
Vuelve
A nacer
Tu magnolia
En mi
Vena
miércoles, 28 de enero de 2009
Oh, Apocalipsis
Ven, acerca tu oído,
voy a revelarte el nombre de aquella
mujer que curtió en sal su sangre.
Se llamaba…
Yo iba contigo, mujer.
Era mi mano sujeta a tu mano.
Lot ya iba ciego.
Tú y yo copulamos en
sólo un deseo.
¿Por qué no voltear?
¿Por qué no?
¿Por qué no?
¿Por qué no volver la mirada un segundo?
¿Por qué castigar a la sal con la carne?
¿Por qué asesinar al testigo ocular del verdugo sin rostro?
Yo iba contigo, mujer.
Ahora bebo del pozo y el agua contiene dos alas de sal de
tu cuerpo sediento.
Yo iba contigo, mujer,
Lot caminaba en un círculo manco.
Todas las manos de todos los tiempos tomaban tu mano.
Aún no voltees,
no vuelvas tus ojos sin darme tu nombre.
Ven, acerca tus labios,
funde a mi lado tu estatua en el viento,
dile a esta escasa memoria tu epígrafe insano.
Yo iba contigo, mujer,
yo vislumbré levemente el infecto reflejo de
aquellas espadas.
Luego giraste tu cuello y tu mano arrastró tu secreto hacia el
arca dorsal donde moran mis huesos.
Yo iba contigo, oh mujer,
yo iba contigo y conozco tu nombre.
Ahora lo grito y el eco marino disuelve el sonido en
arrullos salados.
Soy el vocero del Sísifo eterno,
soy el cerbero en tus lúdicas rosas,
soy ese grano de sal revelando tu nombre en el último abismo de
un mar sin sirenas.
Yo sé tu nombre, mujer,
yo sí me atrevo a volver la caricia al pasado y decir que
te llamas... así...
Porque tú me enseñaste el elástico ardor que despeña el
acero en la basta espiral de la infiel caracola,
y porque vivo al final de inhiesta esperanza que
aún sala de amor cada letra en tu nombre.
voy a revelarte el nombre de aquella
mujer que curtió en sal su sangre.
Se llamaba…
Yo iba contigo, mujer.
Era mi mano sujeta a tu mano.
Lot ya iba ciego.
Tú y yo copulamos en
sólo un deseo.
¿Por qué no voltear?
¿Por qué no?
¿Por qué no?
¿Por qué no volver la mirada un segundo?
¿Por qué castigar a la sal con la carne?
¿Por qué asesinar al testigo ocular del verdugo sin rostro?
Yo iba contigo, mujer.
Ahora bebo del pozo y el agua contiene dos alas de sal de
tu cuerpo sediento.
Yo iba contigo, mujer,
Lot caminaba en un círculo manco.
Todas las manos de todos los tiempos tomaban tu mano.
Aún no voltees,
no vuelvas tus ojos sin darme tu nombre.
Ven, acerca tus labios,
funde a mi lado tu estatua en el viento,
dile a esta escasa memoria tu epígrafe insano.
Yo iba contigo, mujer,
yo vislumbré levemente el infecto reflejo de
aquellas espadas.
Luego giraste tu cuello y tu mano arrastró tu secreto hacia el
arca dorsal donde moran mis huesos.
Yo iba contigo, oh mujer,
yo iba contigo y conozco tu nombre.
Ahora lo grito y el eco marino disuelve el sonido en
arrullos salados.
Soy el vocero del Sísifo eterno,
soy el cerbero en tus lúdicas rosas,
soy ese grano de sal revelando tu nombre en el último abismo de
un mar sin sirenas.
Yo sé tu nombre, mujer,
yo sí me atrevo a volver la caricia al pasado y decir que
te llamas... así...
Porque tú me enseñaste el elástico ardor que despeña el
acero en la basta espiral de la infiel caracola,
y porque vivo al final de inhiesta esperanza que
aún sala de amor cada letra en tu nombre.
lunes, 26 de enero de 2009
Pausas
Un paso:
Sólo estoy lejos la pausa
De un ave que cruza la luna
Dos pasos:
Sólo estoy lejos la pausa
Que tarda un instante en
Ser tiempo
Tres pasos:
Sólo estoy lejos la pausa
En que el aire pronuncia
Tu aroma
Mil pasos:
Sólo esto lejos la pausa
Sedienta de un beso de lluvia
Un año luz caminando:
Sólo estoy lejos la pausa
De un río en el mar de extrañarte
Sólo estoy lejos la pausa
De un ave que cruza la luna
Dos pasos:
Sólo estoy lejos la pausa
Que tarda un instante en
Ser tiempo
Tres pasos:
Sólo estoy lejos la pausa
En que el aire pronuncia
Tu aroma
Mil pasos:
Sólo esto lejos la pausa
Sedienta de un beso de lluvia
Un año luz caminando:
Sólo estoy lejos la pausa
De un río en el mar de extrañarte
jueves, 22 de enero de 2009
Templanza
Voy a intentar
Dormitar
Porque quiero
Sin tregua
Inventarme
En tus muslos
Quiero hacer
El amor y es
Tan fácil
Hacerlo
Que es indescriptible
El dolor de no
Hacerlo en
En el cuerpo
Sediento de
Hacer el amor
Con mi cuerpo
Sediento
¿Dónde está
Ella?
Sólo Ella lo
Sabe y la sed
Que no cesa
Dormitar
Porque quiero
Sin tregua
Inventarme
En tus muslos
Quiero hacer
El amor y es
Tan fácil
Hacerlo
Que es indescriptible
El dolor de no
Hacerlo en
En el cuerpo
Sediento de
Hacer el amor
Con mi cuerpo
Sediento
¿Dónde está
Ella?
Sólo Ella lo
Sabe y la sed
Que no cesa
lunes, 19 de enero de 2009
Soledad de Magnolias
Al costado de mí
Recostada en la dársena inhiesta
La soledad campanea en el silencio
Soy feligrés de la inmóvil estatua que come mi cuerpo
No hay anestesia en nostalgias sin boca y me
Come en el alma el dolor de desalma
Aquí es donde duele el allá indiferente
Porque basta un suspiro y el árbol de anhelos
Desnuda sus ramas en sueño estampida
Un cirujano segundo ha afilado en el hierro las uñas del
Llanto
Duele también la incisión de las horas
Nace otro yo a mi costado
Pero no entrego así mi costilla
No sin tajarle al badajo del yermo los pétalos agrios que
Ciñen el rojo en la acuosa magnolia
Tu milagrosa magnolia
Recostada en la dársena inhiesta
La soledad campanea en el silencio
Soy feligrés de la inmóvil estatua que come mi cuerpo
No hay anestesia en nostalgias sin boca y me
Come en el alma el dolor de desalma
Aquí es donde duele el allá indiferente
Porque basta un suspiro y el árbol de anhelos
Desnuda sus ramas en sueño estampida
Un cirujano segundo ha afilado en el hierro las uñas del
Llanto
Duele también la incisión de las horas
Nace otro yo a mi costado
Pero no entrego así mi costilla
No sin tajarle al badajo del yermo los pétalos agrios que
Ciñen el rojo en la acuosa magnolia
Tu milagrosa magnolia
viernes, 16 de enero de 2009
Exactitudes
Amaneces mujer
Y un gran lirio
En la luna
Acaricia una rosa
Eres mujer que
Me obliga a buscar
Las palabras exactas
A remover de la
Mina el carbón
Que deslustra
El carmín de
Las letras
A auscultar
Diamantes de
Palabras claras
Pero qué pasa
Poeta
Qué piedra pisa
El baúl de
Tu Sangre
Por qué al
Sujetar las palabras
Perfectas
El ramo en tu
Oído florece
Escuchando
Ya no mis palabras
La imperfección
Del silencio
Que ha dicho
Lo Exacto
Y un gran lirio
En la luna
Acaricia una rosa
Eres mujer que
Me obliga a buscar
Las palabras exactas
A remover de la
Mina el carbón
Que deslustra
El carmín de
Las letras
A auscultar
Diamantes de
Palabras claras
Pero qué pasa
Poeta
Qué piedra pisa
El baúl de
Tu Sangre
Por qué al
Sujetar las palabras
Perfectas
El ramo en tu
Oído florece
Escuchando
Ya no mis palabras
La imperfección
Del silencio
Que ha dicho
Lo Exacto
miércoles, 14 de enero de 2009
Amnesia de calles
Al recorrer la ciudad me pregunto si alguna
ciudad reconoce en mis pasos su casa andariega.
He andado en la ausencia mil siglos, un año,
dos horas y nunca una carta, una letra anidó en
el buzón de un segundo ya en cruces.
Duelen las calles que ostentan memorias, son
como cristos de iglesias, ya tristes, ya rotos,
ya heridos de ruegos. Sí, duelen las calles que
son como calles dispuestas en tumbas.
Uno camina y el eco reencarna en las sombras de
aquellos que aquí transitaron.
Esta es la calle jamás olvidada, aquí desembocan
los nómadas pasos del río de los sueños. Tantas,
tantas, tantas ciudades y nunca una calle sembró
en mí una rosa.
Aquí fue aquel pacto de nunca volver y ahora he
vuelto sediento a la fuente del pacto.
Tal vez me olvidé del aliento del ruido,
tal vez me olvidé de la sangre que emerge en la luz de
la herrumbre.
Todo es tan igual que parece otro mundo.
Ahora comprendo aquel hombre que fui al
permutar la montaña por alas sin plumas.
No cargan ofrenda mi espalda y mis brazos,
no temo al cáncer del odio enclaustrado en las grietas.
Llego por fin a los últimos pasos, aquí en este
hilván desprendí el algodón que arrojé al
cielo ingrato.
Nada, nada ha cambiado, todo es tan igual que parece
otro mundo.
Ya no es la misma ciudad que olvidé en la memoria,
ya las estrellas no esbozan el río al que pude lanzarme.
Ya no es la misma ciudad y el espejo que un día olvidó
reflejarme se acerca ya roto, ya herido de tiempo,
ya ciego. Muestra senil sus fisuras de olvido, iza su
palma rogando limosna, pongo en su cuenco la esquela
del tiempo y su herrumbre sonríe en un vago recuerdo.
ciudad reconoce en mis pasos su casa andariega.
He andado en la ausencia mil siglos, un año,
dos horas y nunca una carta, una letra anidó en
el buzón de un segundo ya en cruces.
Duelen las calles que ostentan memorias, son
como cristos de iglesias, ya tristes, ya rotos,
ya heridos de ruegos. Sí, duelen las calles que
son como calles dispuestas en tumbas.
Uno camina y el eco reencarna en las sombras de
aquellos que aquí transitaron.
Esta es la calle jamás olvidada, aquí desembocan
los nómadas pasos del río de los sueños. Tantas,
tantas, tantas ciudades y nunca una calle sembró
en mí una rosa.
Aquí fue aquel pacto de nunca volver y ahora he
vuelto sediento a la fuente del pacto.
Tal vez me olvidé del aliento del ruido,
tal vez me olvidé de la sangre que emerge en la luz de
la herrumbre.
Todo es tan igual que parece otro mundo.
Ahora comprendo aquel hombre que fui al
permutar la montaña por alas sin plumas.
No cargan ofrenda mi espalda y mis brazos,
no temo al cáncer del odio enclaustrado en las grietas.
Llego por fin a los últimos pasos, aquí en este
hilván desprendí el algodón que arrojé al
cielo ingrato.
Nada, nada ha cambiado, todo es tan igual que parece
otro mundo.
Ya no es la misma ciudad que olvidé en la memoria,
ya las estrellas no esbozan el río al que pude lanzarme.
Ya no es la misma ciudad y el espejo que un día olvidó
reflejarme se acerca ya roto, ya herido de tiempo,
ya ciego. Muestra senil sus fisuras de olvido, iza su
palma rogando limosna, pongo en su cuenco la esquela
del tiempo y su herrumbre sonríe en un vago recuerdo.
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