
Si algo hemos visto muy claro, si hay algo que exhiba el perfil nacional es la campaña intensiva que esparcen los medios. Nos han sometido a un fatal bombardeo de mentiras y frases insulsas. Hoy ya no es secreto, los dos principales partidos se funden en un solo monstruo. Por eso es totalmente absurdo que tanto el PRI como el PAN se reclamen y se acusen mutuamente por la creciente cruzada a favor de votar por ningún candidato o partido. El llamado voto blanco. Ambos partidos (al menos los dos principales) le tienen horror a arribar a una fecha en que el pueblo reaccione no sólo diciendo: ¡ya basta!, ―como tantas veces lo ha dicho― sino que firme en su voto su magna denuncia, expulsando con ello la enorme bazofia gubernamental que se ha apoderado de un pueblo que ha luchado por siglos por ser la nación que merece una historia distinta a este lapso podrido que exhibe el presente.
Si algo hemos visto a través de la historia es que el cambio lo forja el destino, y ese destino se puede encausar a través de una unión secular entre seres pensantes que encausen su mente hacia un punto fructuoso. Eso es en sí evolución, entregarse a la inercia de un cosmos que dota a los mundos y a sus seres vivos de metamorfosis, de óptimas transformaciones que implementen su mente y su cuerpo ofreciendo a su estirpe una nueva esperanza de vida para su sobrevivencia. La extinción la merecen aquellas criaturas que no identifican los claros oleajes que exige su entorno para preservar su vida.
Cierto que existen los desastres naturales que de una pisada pueden acabar con millones y millones de evolutivo progreso. Vivir en un mundo establece vivir aceptando sus riesgos, pero obliga también a innovar la herramienta corpórea y externa que embone mejor en cualquier medio ambiente que se asome a nosotros.
Cierto también que el pensar fundamenta la vida. Para entender (o dicho mejor: pretender entender) la compleja actitud de los seres humanos, debemos precisar la membrana sutil que divide los dos pensamientos: el colectivo en que todos giramos en esa espiral que nos lleva hasta el fondo del tiempo, y el individual que nos torna en un átomo pleno de sed por romper la burbuja que oculta el misterio.
Cierto es también que es el hombre pensante el que oprime o libera el pedal que acelera el progreso. Y cierto es que el tiempo pensante comanda la tregua que alarga o acorta la brecha entre el hombre que piensa y el hombre dormido.
México es parte de un mundo que hoy cierra sus filas. Si hemos sido testigos de muros que caen destapando la arteria que obstruyen las guerras, también no negamos las nuevas murallas que erige un sistema mundial que carcome alegrías, oxida esperanzas y extiende pobrezas. La indiferencia gobierna naciones, las ambiciones rebasan justicias, la naturaleza responde agresiones humanas, el liderazgo escasea, la ecología se mancilla, la humanidad ha perdido la brújula afable que apunta hacia la bienaventuranza. ¿Qué podemos hacer como seres pensantes? ¿Qué podemos hacer al aunar pensamientos? La respuesta no está en esos “ismos” que han sido declives con vista a un barranco. El comunismo jamás encontró líneas rectas, su catadura ha tejido un enigma que no satisface ni ofrece respuestas, ha pasado más tiempo varado en un bache que transportando arraigados progresos. El capitalismo a su vez ha cobrado muy caro sus dotes etéreos; su petulante jactancia llevó a sus sectarios a echar más carbón a una atroz maquinaria que parecía encarrilada a saciar las despensas, colmar las carteras y satisfacer los rostros. Hoy contemplamos el insaciable convoy ya sin frenos y a punto de entrar a una curva mortal con aciagas tangentes. El hongo estelar que se aviene promete cubrir de penumbra el entero planeta.
México está sentenciado a ser punta de lanza en los cambios mundiales. Hemos sufrido conquistas bestiales, extraordinarias batallas, inquisiciones salvajes, una independencia por demás sangrienta, una garrafal revolución que dejó sus talones expuestos al buitre y al falso caudillo incapaz de exhibir un respeto al millón de cadáveres frescos. Somos una nación que merece alterar su presente, enfocar su gobierno hacia un bien secular y realmente crecer. Ahora es el tiempo de actuar como seres pensantes. Ha llegado la hora de ejercer conciencias y expulsar rufianes. Y para ello necesitamos atar pensamientos, sumar voluntades, despejar las mentes, volver la mirada al ejemplo del hombre, del intelectual pasado, de los liberales muertos que aún viven en gloria.
El gobierno ha perdido el decoro, la corte suprema ha mostrado que ya no merece escribirse con letras mayúsculas, los diputados olvidan que ostentan un cargo jurado ante el pueblo, los senadores se codean con traficantes y clérigos irracionales. La impunidad ha infestado al sistema. La educación se ha entregado a los puercos. Los encargados de hacer la elección prostituyen el acto sagrado de la democracia. Los presidentes se vuelven impunes, y una vez que el sufragio les hincha sus arcas a ellos y a un mar de corruptos parecen pactar no atacarse y jamás denunciarse entre ellos. Luego se autonombran intocables, pero pagan un precio que no les parece importar y que pagan sonrientes: el eterno desprecio del pueblo y los motes más viles ganados con creces.
Pude haber soluciones diversas a heterogéneos problemas. ¿Qué realmente nos ofrece el voto en blanco? ¿Puede ser solución ante el cáncer que invade las venas sociales? No, no es sencillo el plantarse en el módulo sacro y dejar la boleta sedienta de un voto. No es nada fácil optar por marcar la boleta con algo distinto a una cruz sobre un nombre o partido que no lo merezca. No es justo, no es algo que aporte un orgullo, no es lo que ordena la Grecia de antaño, pero a eso nos han orillado las praxis corruptas de hoy día.
El gobierno prianista no es tonto, es obvio que le importa conocer al enemigo, por eso introduce fisgones, hurga en la red, merodea en los talantes, diseña y simula campañas para “promover” el voto en blanco y observar la reacción de las masas. Es irrefutable que el mejor estudio es aquél que se fragua en los núcleos urbanos. Así se controla mejor la insurrecta respuesta y se apaga la mecha de ser necesario. Además es vital el estar al pendiente de grupos crecientes que puedan fundar un dolor de cabeza al viciado sistema. ¡Desde luego que teme una acción colectiva! Sabe muy bien que sería desastroso quedarse sin cómplices, porque ¿qué somos al votar por la insignia de elegir al candidato menos peor de todos? ¿Ciudadanos responsables? ¿Ciudadanos sufragando un derecho ganado con sangre? ¡No! Nos convertimos en cómplices de esa gran cloaca gubernamental que pretende regir y volver y volver a regir.
México debe mirar hacia el frente, progresar, crear reformas sensatas que velen por todos, sacudirse de deudas, alejarse de interés imperiales que tanto han mermado a esta patria. Reitero mi lema: “El voto blanco es la afrenta del pueblo que con guante blanco palmea en pleno rostro al infame gobierno.”
Y esto no es abstencionismo, es votar por ningún candidato que es muy diferente. Y esto no es para siempre: cuando sienta que algún candidato merezca mi voto, cuando observe certeza en su faz, cuando vuelva el respeto y la plena confianza, volveré a sufragar de la forma correcta. Hoy sólo hay hartazgo y mi voto por nadie.
Fausto Vonbonek.