martes, 19 de marzo de 2013

Mal viaje a tres punto catorce


        «Han olido el perfume del arte o nuestro pensamiento» Expelió la poeta una vez que los cinco terrícolas fueron vertidos hacia una espiral de galaxias y espacios más propia de un sueño que de un espectáculo en vivo y al pie de sus córneas.
         No escapaba a su asombro el convoy de horizontes que hacían remolinos llevándose igual hoyos negros que constelaciones, arrancando de tajo infinitos, extrayendo también de raíz lontanazas oscuras y luego detrás de esa sábana negra otra vasta neblina de estrellas y espacios y mundos lejanos allá donde nunca un humano a supuesto que hay un corazón bajo el pecho de un átomo escueto que expande y contrae los espacios, el tiempo, la luz y las oscuridades. Nadie dio un gritó de horror o expelió una palabra.  Ni el niño siquiera. Y es que nadie sentió horrorizarse, al contrario, todos ellos veían boquiabiertos las celeridades, miraban afuera como esas pequeñas iguanas con ojos saltones que ven simultáneo hacia todos lugares. Como si el universo no fuese ya más la aburrida Gioconda y sí un gran faraón perpetuado en su lecho bajo una pirámide a punto de ser removida dejando el misterio indefenso a los ojos humanos.
         Los buscaron con todo el afán de encontrarlos con vida. No había cuerpos ni signos vitales ni lógica alguna. No había nave ni pistas. Simplemente desaparecieron. Un segundo ahí estaban, un segundo después ya no eran.
         Lo que sí era visible era el caos en la Tierra. Existían familiares. Existían compromisos. Y luego los medios les exigirían. Aguardaron prudentes, estudiaron el caso y sus repercusiones. Eran gente importante. Ante todo eran seres humanos. No podían esgrimir simplemente «desaparecieron» sin dar datos duros que lo esclarecieran. El matemático californiano, la poeta bielorrusa, el aborigen de Australia, la flamante doctora alemana y el niño, con apenas once años  y un título a cuestas de Harvard. Todos ellos perdidos sin un solo indicio de cómo, por qué ni si sobrevivían o habían fenecido.
          Finalmente dio a luz la noticia: “Esta tarde la Nasa ha informado que ha habido un terrible incidente en la nave Believe donde han muerto sus cinco ocupantes”
          Por supuesto Internet despertaba sus monstruos: “Un alud de asteroides destroza el Believe. La Nasa confirma: han perdido la vida” “La tragedia arremete a la Nasa. El Believe fue alcanzado por un asteroide. Muere el niño prodigio y sus acompañantes” “Un cardumen de piedras alcanza el Believe. Todos son despedidos sin vida al espacio remoto”  “Believe it or Not el Believe fulminado con todos a bordo”
          Y también por supuesto unos días posteriores el mundo hace propio el olvido. Otras notas recientes sepultan los hechos: “Israel manifiesta que no atenuará su derecho legítimo a salvaguardarse del fuego enemigo. Continua el bombardeo” “La prerrogativa de Europa es reabrir su mercado asumiendo el gravamen que ha dado el consenso” “Real Madrid considera clonar su pasado glorioso esta tarde en Camp Nou” “A los noventa y nueve, muere el hombre que dijo a su nieta: «Yo oí cuando Lorca expresó agonizando: Tierra azul para mi sangre roja. Y he aquí al amor que se tiende a mi lado a cantarme el silencio»”

           Pero no estaban muertos, y si el mundo asentía en acogerlos como un padre anciano que abraza entre llantos de felicidad a sus hijos ausentes, ¿podrían los humanos?
           Desde luego un sudor puntiagudo enfiló en las espaldas y frentes de los embusteros. Un arpón se clavaba en su oído: «They are alive» o como increpó el presidente de Estados Unidos: «Theeeey are …. ¡aliiive!» o como gritó la mamá del pequeño Juan Brando: ¡Oh God Ooh God Oooh my Gooood!  Y cayó desmayada. O como exclamase la abuela de Frida Aleynova: «дьявол ублюдок ¡жив! ¡жив!» [Diablo hijo de puta. ¡Está viva! ¡Está viva!] o como el papá de Choquet ―previamente a soltarse llorando― incapaz de hilvanar una sola palabra no así Claude Amour Leux quien dijese con suma cordura: Si Koretta Emelie Vonn Julianne Navarrone Amour Leux  dice vuelvo eso quiere decir que la propia Koretta Emelie Vonn Julianne Navarrone Amour Leux volverá ineludible; o como Australia cabal vitoreara: «Obladí “Boomerang” le dio vuelta a la muerte»

          Porque hubiese bastado decir: los teníamos ahí en la pantalla y de pronto los cinco esfumaron sus cuerpos. Pero en vez de vocear la verdad escupieron el cruel subterfugio. Lo diremos así: que un meteoro o una ola compuesta de microaerolitos los hizo cagada. Y unánimemente estuvieron de acuerdo. «Este es un planeta en el cual no se pueden decir estas cosas»
          Fue por ello que el verlos al pie de la Eiffel provocó que al sudor le crecieran espinas. «Pase lo que pase ahora a partir de este instante sabemos que hicimos lo más conveniente. No engañamos al mundo, le dimos al mundo el embuste habitual con el cual sobrevive» Y otra vez asintieron.

           Al principio la gente pasaba sin verlos. Minutos después los turistas miraban con indiferencia. No había consumado la hora cuando alguien los vio detallado y citara en voz alta apuntando hacia ellos: «Se les parecen. Vaya que se les parecen»  Dos horas después reporteros de Londres, Madrid, de Japón y franceses giraban en torno filmando y haciendo preguntas. Llegó el New York Times,  los enviados de CNN y los rusos y los alemanes. Se oía el clic de las fotos continuo.
―No estamos muertos. Jamás lo estuvimos ―rompió el hielo Koretta.
―Soy Frida Aleynova y este niño que abrazo es Juan Brando Rodríguez ―con sus palmas alegres el genio infantil saludaba a mansalva.  
―Yo jugaba ajedrez con Choquet cuando los cerrajeros del cielo llegaron y fuimos con ellos a dar un paseo hasta la bóveda y luego volvernos―dijo serio Obladí.
―Yo surfeé sobre el número pi que flexiona la muerte y la arquea hasta la vida―culminó comentando Choquet.
Luego todos, los cinco, desaparecieron. Pero no como había acontecido en la nave Believe sino a bordo de un auto que rápidamente fugó hacia las calles. Algo había dicho Juan Brando a través del cristal que no fue discernido. Giró su cabeza hacia el bulto estridente y aquello que sea que haya dicho quedó indescifrable.

“Broma negra en la Eiffel” (El País)
Menteurs, ou des fantômes ressuscités” (Le Monde)
“Who died in the Space?” (New York Times)
Они заметили мертвых [Son avistados los muertos] (Diario Gazeta)
錠前の空[Cerrajeros del cielo] (Japan Times)

 «Búsquenlos. Y hagan que cierren la boca» La orden vino de arriba con el agregado de no declarar una sola palabra.
En realidad la estrategia logró el cometido. Internet se volcó en humorismos y notas absurdas. Sensacionalistas. Los intelectuales del mundo orientaron sus mentes en otras cuestiones de más trascendencia. “La inaceptable distancia entre la democracia y los pueblos discordes encubre el agobio lindante que arrastran los pueblos de oriente en su emancipación dirigida a sanear terrorismos” “Miss Universo es del Calcio. La siciliana Francesca Sccicci sobrepasa a la belga y la puertorriqueña y se lleva la aureola” “Con su lucha antidrogas, México ya ha homologado la cifra de muertos sumados en años recientes al monto total de los que fenecieron lidiando por no coexistir nunca más bajo el yugo colonizador ni los dictatoriales”

―Hagamos un acercamiento para ver sus labios.
―No se ve claro ―una niña se mueve impaciente a lo largo del cuarto. Hace ruido y la madre amonesta―: Hija, guarda silencio un momento. Ya casi nos vamos, mi amor.
―No se alcanza a leer.
―A ver, regresemos la imagen. Solo una vez más.
―Bien, pero vaya que sos una terca.
―Qué esperabas si soy periodista.
―¿Ves? Te lo dije. No se observa qué dice.
―Yo sí sé lo que dice ese niño, mamá ―ambos ríen.
―Y qué ha dicho, mi cielo ―La niña se acerca a su oído.
―Dios no existe… Eso ha dicho, mamá ―Corroboran. Repiten de nuevo otra vez y otra vez y de nuevo coinciden.

 

Continuará 

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