lunes, 1 de abril de 2013



No importa el tiempo. El reloj solo cuenta mentiras que va reiterando hasta hacerse verdades. Pero no es la verdad. Somos únicamente sustancias durables que tardan la vida y que van reciclando un silencio en desuso. Las piedras no son para hacer epitafios. Lo que sí es fidedigno es aquello que no tiene origen ni edad ni cumpleaños que invite a la muerte a soplar las velitas. Porque nada es más real que llevarse una mano hacia el pecho o buscar a lo largo del cuerpo la casa embrujada. Ese sitio al que todos tememos que no es salvo un miedo terrible a una nada ilusoria.  Y una vez ya ubicada la espina decirle hasta nunca al mitómano origen. Cosa Nostra el big bang tan mentado y no obstante su entera ficción no haga mella en un cielo perfecto. Lo que no es refutable es el teatro en que actúan además de vampiros e inmuebles Adanes, palabra y Evas. Y que la realidad la compone una sola plegaria sentada en la sola butaca de un cuerpo proclive a una muerte que aplaude de pie ovacionando a los muertos. Resumiendo la obra resulta que el sur sigue a bordo de un tren sin destino y que el norte ha mudado su casa hacia un libro de cuentos con este principio: “Una vez existió un asteroide” o mejor todavía: “Una vez existió una existencia”




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