martes, 25 de noviembre de 2008

Luz de azahares

No dirán que intenté no morirme,
no dirán nada.
Nada dirán cuando observen el
trino brotar de mi aliento.
¡Qué fiel es el alba!
Nada dirán las auroras sin versos,
no dirán nada,
sus bocas tendrán las palabras
postradas que no alimentaron.
Sus manos oscuras traerán el
revólver que afrente el espejo.
No dirán que intenté no morirme,
dirán en parvadas palabras cenizas,
dirán cielo abierto
dirán luz de Roma.
El mar guardará mi silueta en
su lúbrica espalda,
la arena sabrá disolver el bosquejo
del beso que di a su cintura,
el aire jamás les dirá una palabra
nacida en mi sombra.
¡Qué fiel es la noche!
Un rito de fuego dirá una palabra,
un solo siseo tendrá la osadía,
y entonces la luna,
aquella que fue de mi piel un poema
dirá en luz de azahares que
yo soy su amante.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Flor en galope

Como flor entre arrullos creció tu silueta,
magnolia en galope, corola de luna en espacio movible,
de nuevo valiente, de nuevo alumbraste las voces dispersas.
Si afuera una estrella lloraba un silencio tú no la escuchaste,
tú fuiste hacia ella en el tren de tu boca,
cubriste su llanto con notas de risa,
curaste su lumen de espejo marchito y así,
en luz decembrina,
volviste a la estrella un botón de mil cantos.
Tú, flor en galope,
giraste atrevida tu mano en el eco volviendo
el otoño una azul bailarina, así es tu galope,
caballo desnudo en aliento vestido.
Un hombre infinito observaba tus alas,
su dulce rodilla dotó tu cabello de un copo de sangre.
Allá en el silencio otra estrella lloraba;
distante, perdida, friolenta.
Tú abriste los brazos,
alzaste tu pétalo pleno de selva y barriste la noche.
Ya no hubo una estrella llorando un silencio,
tú, flor en galope,
volviste cantante los faros del cielo.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Luna de Troya


Allá en su silencio
una novia menguante
desteje un suspiro.

¿Qué eterno Odiseo
no ha vuelto a besarla?

Penélope luna,
cristal de ilusiones,
destejes y tejes
tu cielo de Ítacas.

Tal vez no regrese
el guerrero sin tiempo,
tú fiel permaneces
sembrada en un rostro.

Y esperas y esperas,
y esperas y tejes
de nuevo tus velos.

Oh, luz de tu espasmo,
qué misera estrella
enamora el umbral
donde un beso juró
regresar a tu boca.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Great Expectations

            Soy pacifista, creo que las guerras debiesen estar en los libros de historia y museos de holocaustos. Soy devoto de la paz mundial. Hoy en día las guerras se observan grotescas, son simplemente ridículas. Ellas simbolizan la penumbra, los rancios grilletes que aún ciñen los pasos de un hombre que cruza a otro siglo con bastas maletas repletas de horror y de pestes pasadas. Son tantas las cosas que el mundo requiere de forma inmediata que me atrevo a declarar que a estas alturas es una idiotez fabricar y ostentar nuevas armas. Es una idiotez fomentar nuevas guerras. La voz del planeta es muy clara, pero parece que el hombre ensordece a los gritos de un mundo que clama ya herido. Soy discípulo del pensamiento. Soy adepto del trueque y la sana armonía. Hay quienes pueden decir que las guerras heredan mayor beneficio que adeudos humanos. Aún hay devotos del Ares sangriento, aún hay sectarios que pulen el baal que alimenta los odios. Es finalmente la historia quien traza la línea y realiza la resta. Pero ¿de qué sirve ante tanta ceguera? Sea cual fuere la cifra, esta conlleva a una lucha de ideas y rencores. Los “buenos” y “malos” pretenden alzarse con justas razones que excusan en sí la defensa y ataque, sin embargo ambas partes son polos humanos y es una idiotez disfrazar los misiles de flores y engaños. Las religiones no han dado respuesta al fundir la bondad en el mismo escalpelo que escinde la fe del cadáver inerme. Sensatos y necios acaban forjando conflictos de espadas y escudos. Sí, los miedos levantan murallas; las ambiciones desplazan las armas; los odios afilan los sables que cortan la lengua incapaz de expresar con palabras humanas la frase asequible que evite ofensivas. El perdedor es el hombre. El ganador es la hiel de las balas y el rictus del polvo que cubre una sangre que estuvo latiendo a la par del filial sentimiento. El ariete marcial rompe el muro del tiempo, la carpa castrense discurre una nube de brisa sangrienta. En este milenio la guerra es absurda, una antiestética guisa de usar las neuronas. Toda nación debe ya reprobar cada quid del falsario, del mal gobernante, del paranoico, del prepotente. Todo país debe ya señalar la actitud del tirano y dejarlo al garete en su propia vergüenza. Ya no debe de haber opresores, ya el dictador luce arcaico, ya los autócratas son obsoletos.
            Soy pacifista, soy pensador, soy escribano de versos. Creo en la frazada que teje la gente al forjar en conjunto un deseo positivo a través de activar simultáneas sus mentes pensantes. Esa es la red que libera a los hombres, esa es la esperanza que envuelve a los niños, esa es la neblina que rompe cadenas. Antes que todo: globalicemos la paz y el pensar sanamente.
            El triunfo de Obama ha llegado puntual a su cita en el mundo. George W. Bush ya era irrespirable. Hace ocho años la mayoría de votantes sufragaron por Al Gore, sin embargo no es el voto popular el que abre las puertas de La Casa Blanca, sino el voto electoral que otorga cada estado de manera individual. De manera que ese medio millón de sufragios que superaban a Bush sólo atribuyeron una gélida estadística. Esas son las paradojas seculares del sistema americano de elecciones. En 2004 la gente en Estados Unidos reeligió al desdeñoso tejano ante un mundo de incrédula faz que anhelaba una pausa a los hechos violentos. Millones de electores creyeron las farsas de Bush. Yo mismo conversé con estadounidenses y atestigüé su patriotismo irresponsable, barato e injusto. Favorecieron la causa incorrecta y hoy esos votos denotan la sombra de 1 284 105 iraquíes fallecidos. Y por increíble que parezca, mientras el mundo considera esa invasión como un desastre humanitario, gran parte de esas personas continúan creyendo que la guerra engendrada por Bush fue por causas cabales y bien cimentadas. Si Clinton fue el Midas de la economía, Bush fue la antítesis misma: la convirtió en una cloaca. Todo pudrió en su camino de forma local y a la vez con secuelas en todo el planeta. El escritor Gore Vidal fue muy claro al declarar que pasarían cien años para reparar el daño que dejó el criminal a su paso. Jamás le importaron los niños del orbe, no movió un dedo por el bienestar del mundo, el calentamiento global le valió su desprecio. Yo sí festejo hoy el triunfo de Obama. El senador John McCain no apuntaba distinto, y el haber elegido a Sarah Palin como compañera de fórmula corroboraba un camino gemelo del magnicida tejano. Hoy no es secreto que el mundo carece de líderes natos. Hace 150 años Barak Obama estuviese laborando en plantaciones bajo el yugo de amos blancos. Hoy va a gobernarlos en un hábitat radical que le va a conferir un camino de espinas. Eso es ser líder. Él ha enfrentado a su paso oponentes gigantes y siempre su voz y su aura ha brillado entre otras. Eso es ser líder, abanderar la esperanza de un pueblo minado, cobijar la ilusión del autóctono blanco, de los afroamericanos, de los orientales, de los millones de hispanos y sobre todo de un mundo que espera el sosiego en la lista de muertos. Todo sufragio es castizo. No importa el color de la piel del votante. Yo sí aplaudo este triunfo, porque soy liberal y me enlisto en el cambio, pero sobre todo porque quiero dejar tras de mí un mejor mundo.
            Obama es la prueba de que el elector que conjuga visiones obtiene el paisaje que aspira su mente. Pero cuidado. En México fuimos testigos de un cambio gestado por esas pasiones. El resultado fue amargo, el presidente elegido fue el caos absoluto. Una total decepción de seis años. Una ingratitud integral para cada votante. Su clara traición sentenció la elección posterior a un sexenio en que el rostro de Fox ya irritaba a millones. Por esa razón al igual que en Estados Unidos la gente votó por el cambio. Un nuevo cambio. Sólo que en México no hubo voto electoral ni popular, sino fraude. Y es por ello que el mismo partido hoy guarece un mandato sin ángel ni brillo. Un mandato mediocre, demagogo y mentiroso.
            La elección es Estados Unidos fue prueba fehaciente de que la actitud positiva de un hombre destella a la misma frecuencia en que el pueblo calibra sus sueños. Por ello al hablar de elecciones no caben los fraudes, porque destruyen los sueños y tornan al hombre en un buitre al servicio brutal de anarquías personales. El fraude destruye la flor democracia.
            Este triunfo de Obama es un triunfo de todos, porque esta basado en pensamientos colectivos que han traspasado fronteras y mares. Así de excelsa es la noción del pensamiento. Si el pueblo de México lograra captar esa egregia virtud de hermanar pensamientos y acciones aunadas hace tiempo que esas lacras que en nada tributan sus investiduras serían reemplazadas por seres honestos y rostros capaces de infundir respeto.
            Obama deberá enaltecer la confianza que le ha encomendado su pueblo. No debe olvidar que los ojos del mundo estarán expectantes.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Sirenas

Para el mar cada barco es lunar caminante
Mascarones terrestres con ojos de bosque y
Perfumes de otoño
Oh
       Azul
                Perpetuo
Tras el mar se refugia el estruendo del tiempo
Muros de siglos son sólo el segundo en que el
Barco del sol se diluye en un sueño
Oh
       Brisa
                Tersa
Pasión de gaviotas
Así deslizamos el sueño en vaivenes que
Arrastran las islas que habitan los días
Oh
       Musitar
                De
                        Sirenas
Ningún despertar desabriga las sombras
Una es la lluvia que aroma en los ojos
Otra es la lluvia que viste las cosas
Oh
       Llano
                En
                        Brama
Lejos el mar nos devuelve los barcos
También las auroras devuelven caricias
Lejos el mar es sepulcro de sueños
Así es el umbral en el atrio del hombre
¿Qué sueño escalla en la luz del olvido?
Todo es un grano de sal que despide la luna
¿Dónde ocultar las estrellas fugaces?
Sólo el poema contiene el refugio
Oh
       Astral
                De
                        Musas
Brama el orgasmo de un mar a lo lejos
Mas nada envidiamos
Ni el sol
Ni la espuma
Porque basta tocar el oleaje del pecho y
Sentir como late la propia tormenta que fragua el
Dormir o abordar nuevos barcos

martes, 4 de noviembre de 2008

Día de muertos

            Hoy visité el camposanto, fui con mis muertos a un cementerio conocido como “Valle del recuerdo”. Me bebí una cerveza entre tumbas y cruces y flores y música propia de embrujo y memoria. Llevé mi cuaderno por si el numen brotaba en las lápidas ocres y esmaltes de mármol, sin embargo todo era bullicio, sonidos humanos, guitarras, un par de acordeones, murmullos, rumores de viento. La risa y la voz de los vivos cruzaba en la faz de las múltiples flores: claveles, girasoles, coronas de rosas, cientos y cientos de cempasúchiles áureos, naranjas y amarillos rutilantes. No vi tumbas tristes, cada nicho fue aseado guardando el respeto, observé a las escobas librando del polvo las fechas y nombres. Vasijas con agua bruñían los sepulcros, desde luego había tumbas modestas, pero nunca faltaba la mano piadosa brindando una rosa, una flor de papel o una oración silenciosa.
            Mi madre se acercó en silencio, “Quiero que me escribas mi epitafío”. Pero si aún no te mueres le dije sonriendo. “Sí, pero quiero tenerlo”. Bromeé por un rato pero vi en su mirada un asomo de ruego y sentí que debía complacerla. Abrí mi cuaderno, tomé de mi cuello el bolígrafo negro y sin más le pedí me explicara su idea intentando formar un bosquejo que diera palabras al emblema ineludible de su morada final en la tierra. Juro que en ese momento sentí la que la tinta expelía mi tristeza, pero complací a madre. Y a la vez que fraguaba las letras recordé el epitafio de Miguel Hernández, el poeta de Orihuela, el infante que dejó atrás las cabras para convertirse en un vate admirado de la llamada «generación del 27», murió el 28 de marzo de 1942 victima de la tuberculosis y el horror del franquismo. Su tumba dice sólo lo siguiente: Miguel Hernández «Poeta». Él se ganó esa palabra con versos y sangre, por ello mi mente vislumbra infinito respeto por ese quinteto de letras. Inigualable epitafio. Sin embargo no pude evitar recordar a la vez el quizás más sublime de todos, se encuentra en la ciudad de México entre las tumbas gloriosas del Panteón de San Fernando. Es uno de los cementerios más antiguos y a su vez aglomera un arte mortuorio de exquisita arquitectura. Hay héroes, presidentes, ministros de estado, virreyes, arzobispos y hasta féretros ficticios. Ahí descansa el Benemérito de las Américas: Benito Juárez. Es un cementerio que ha sido nombrado monumento histórico. Y entre cientos de nichos ilustres una tumba se distingue por su epíteto de oro. Se encuentra justo al lado del sepulcro de José María Lafragua, diputado, ministro, embajador, magistrado y poeta. Nació en Puebla en 1813 y murió en la ciudad de México en 1875. Fue él quien escribió dicho epitafio. Y esa sepultura que contiene sus palabras se conoce con el nombre de “la tumba del amor”. En 1850 el apuesto ministro de Gómez Farías, de Comonfort, de Lerdo y de Juárez, llegaba puntual al altar. Su novia, la bellísima Dolores Escalante cruzaba la puerta del templo y justo en camino hacia él desplomó su mirada y cayó falleciendo al instante. Los médicos determinaron un síncope cardiaco fulminante. Lafragua escribió en sus memorias todo el contexto de un dolor indescriptible, pero nada hasta hoy se conoce, los documentos jamás se encontraron. Lo que sí se vislumbra hoy en día es el genial y doliente epitafio jamás concebido: “Llegaba ya al altar feliz esposa. Allí la hirió la muerte. Aquí reposa”.
            Y así abandoné el camposanto, con la palabra en la tumba de Hernández vibrando en mi alma; con el epíteto breve de un hombre admirable; y con un cuaderno del color del vino con lúgubres pastas encerrando el epitafio de mi madre.

Fausto Vonbonek.

sábado, 25 de octubre de 2008

Fortaleza


Estaré bajo el puente esgrimiendo verdades,
tal vez no regrese, mi amor,
tú conoces mis ríos, tú conoces mi frente
dispuesta a luz de los rayos de hombre.
Reconoces mis manos y cada posada en
sus huellas nocturnas. Tú y yo anidamos
en una y pasamos la noche a otra noche
en tus manos.
Estas manos jamás fueron mías, son como
pájaros rojos que emigran los pasos. Ellas
escriben y todo este amor se contiene en un
verso que inunda de ti los silencios que sufro.
Oh, suave murmullo, es tanto el oleaje en la
sangre que el sueño resquiebra en mortal
rompeolas.
Todas las noches contienen tus ojos y
ahí permanezco en tu surco secreto.
No temas si el miedo llovizna en tus hombros,
no escuches la risa estridente del muro.
Temen los cuervos y mienten las sombras,
nada descifra ni rompe el abrazo de aquellos
que aún somos.
Otros jilgueros emigran distantes, ellos
remolcan las nubes, ellos remolcan mis versos.
Yo llegaré sin palabras, sin sangre, sin fuerza.
Pero al tocar tu perfume mis labios dirán las
palabras mareantes, vendrá un corazón con
la roja substancia y un giro del mundo en
tus labios de vino darán a mis brazos
la fuerza del viento.

sábado, 18 de octubre de 2008

Poesía

         SUCEDE que la poesía es incontrolable, es un espíritu libre y perenne que elige a unos cuantos y encanta a millones. Para muchos es algo inasible, un puñado de palabras que gusta o no gusta; para otros es el roce sublime de un universo que intenta expresar el silencio de aquello que calla la boca del mundo; un asomo a sí mismos a través de palabras ajenas que intentan entrar en sus almas por medio de versos que encienden un faro perpetuo en su sangre o una vela en sus ojos que a veces perdura tan solo un segundo; pero también se da el caso de seres que pueden sentirla como un ente vivo. Seres que hacen de ella un delirio que toca la carne, que habla, que ríe, que siente, que describe todo aquello que el tiempo produce al hacer el amor con la dama del orbe. Y lo hacen porque puede ser posible, porque toda la existencia se confluye finalmente en pensamiento, y el pensamiento es un boomerang vivo que arroja una mano llamada: palabras. Y así como un niño que ve una pelota en el cénit de un sol, al crecer y pensar puede verlo como una fogata que enciende los días y entonces comprende el porqué fue deidad para muchos ya extintos. La poesía rebasa ese mundo de solo palabras, ella no espera tan solo a los versos del hombre, ella también utiliza las coplas del cielo, los alejandrinos de los mares, el soneto que provee el amanecer y que apaga la luz y discurre las sombras, todo en una indómita métrica que puede ofrecer desde un viento tranquilo hasta mil huracanes. La poesía rebasa por ello a los hombres, no se presta a sus caprichos ni a sus juegos, ella se cuida a sí misma y elige muy bien a los seres que toca. Ella no es instrumento de guerra. Ella no se detiene, no espera, no requiere de nadie. Escribir un poema es tomar una espada que nunca atraviesa otros cuerpos, su labor es distinta, su noble misión es cortar los amarres que atracan la mente del hombre y llevarla hacia el mar donde olea plenitud. Por esa razón un poema es un símbolo vivo, una alegoría que amamanta a todas. Una flor protegida por cardos mortales que puede inhalarse, leerse, sentirse, pero nunca cortarse. Quien lo intente se corta a sí mismo.
         Sucede que cada poema es un nuevo ladrillo, sin embargo es la lectura la que da elevación a las obras. ¿Qué construye un escribano de poemas? La respuesta la impone el estilo, y para encontrarlo se debe ante todo leer otros planos. Incrementar el acervo en la arteria que va a la región donde nace el poema. Eso es algo infalible: entre más poetas desfilen a los ojos del nuevo poeta más se definen los rumbos que adopte su mano. El pensamiento es la mano, la tinta constituye el éxtasis.
         Sucede que un poema que ha escrito un humano ha nacido del alma, por ello se debe leer desarmado. Hay actitudes humanas que son naderías, como lo es la inanición y la pereza. Hay hechos humanos que son tonterías, como las guerras actuales o la existencia de minas que mutilan niños. Hay pensamientos que son bagatelas, como el discurso del necio o la voz del tartufo. Hay circunstancias de verdad intolerables, como el cambio climático o el secuestro de individuos. Esos son hechos que se pueden odiar, abolir, criticar. La malevolencia no toca el poema, él permanece imbatible. Aquello que puede parecer abominable puede ser algo sublime, la paradoja es el eje del mundo.
         Sucede que es ingenuo agredir un poema, aquello que puede agraviar a los ojos de uno puede ser la palabra que salve la vida del otro.
         La literatura es lo más importante, ella es el oxígeno de las palabras, mismas que son pensamiento y producto de amor.

                                      F. Vonbonek.

viernes, 17 de octubre de 2008

Ella

Allí he aparecido entre casas azules que arrojan el tiempo y reciben los años
Ella también aparece y quizás sea verdad que jamás se ha marchado
Ella es la mujer que traspasa el silencio, la sangre, las hoscas paredes
Ella es la ventana que irrumpe en los ojos y asoma los suyos
Ella es paralela al carmín del poema que nunca se escribe
Toma mi mano un instante y en ese contacto las manos se elevan en
Una paloma que enciende las auras
Quiero mirarla y el humo del sol la percibe invisible
Todas las flores son risas sembradas con tallos de acero
Logro correr y su rostro aparece en las nuevas ventanas
Cada puerta concibe un oleaje que exilia memorias
Este es un mar de horizonte perdido
Aquí reina el árbol cautivo, las pálidas aves, las voces de látex
Ella se acerca danzando sin sombra
Toma mi mano y me da paralela su frente desnuda
Ahora las casas son todas hermosas
Ahora los pájaros cantan las odas que ofrecen sus ojos y nada parece imperfecto

Diálogo en el Hades



“No me hables con dulzura de la muerte,
glorioso Odiseo, preferiría servir como mercenario
a otro que ser el señor de los muertos que han
perecido”

Alma de Aquiles a Odiseo. Homero, La Odisea.



Aquiles: ¿Ahora qué guerra me pides que libre? ¿Cuántas troyas ambicionas?
Odiseo: No, gran Aquiles, sólo ambiciono volver. Ver de nuevo el sol de Itaca.
Aquiles: ¿Cuántos años han pasado?
Odiseo: Muchos, muchos, ya he dejado de contarlos.
Aquiles: ¿Y los muertos? ¿Cuenta tu espada los muertos? ¿Cuenta tu lanza los cuerpos que cruza?
Odiseo: ¿Y acaso debiera contarlos? Deja que el barquero cuente sus monedas. Yo sólo cuento los hombres que pierdo y los días que me faltan
Aquiles: También contabas conmigo, mi intrépido Ulises.
Odiseo: Jamás lo he negado, quién cuente contigo contará con la victoria, pero ya no soy Ulises, ahora soy Odiseo; el hombre olvidado que no ha vuelto a casa.
Aquiles: Victoria... victoria, solía pronunciar esa suave palabra sin sentir toda esa sangre que derrama el alcanzarla. Dices que eres Odiseo, al menos dos nombres tendrás en la historia. Sólo los nombres conservan su sangre, lo
demás lo seca el tiempo.
Odiseo: Los nombres se pierden en guerras de nombres, sólo el temple es inmortal, tú lo eres, bravo Aquiles, tus victorias te han llevado a ser eterno.
Aquiles: ¿Eterno? ¿Inmortal? ¡¿Consuela a mi madre lo eterno de un nombre?! ¿Puede el eco perpetuo encarnar en mi alma? No, gran Ulises, inmortales son los dioses.
Odiseo: Hasta el fin de este mundo serás recordado, pero debo admitir que conservas razón; los dioses no mueren, sólo sus juguetes preferidos...
nosotros.
Aquiles: Morimos por pleitos ajenos, por rapto de putas, por reyes sedientos del oro foráneo, por antojo de los dioses.
Odiseo: Morimos para darle vida a ellos, porque las almas son sangre, porque cada gota simboliza un hombre.
Aquiles: Morimos porque somos semidioses. Porque los dioses nos atan al tiempo y saquean nuestro vino.
Odiseo: Nuestro vino es distinto.
Aquiles: ¡Por supuesto es distinto! No hay otro vino mejor que el del hombre, el Olimpo carece de tierra, sus parras son yermos de gredas vacías.
Odiseo: ¿Para qué iban a embriagarse?
Aquiles: Para soportar ser dioses.
Odiseo: ¿Qué hay de malo con ser dioses?
Aquiles: ¿Qué hay de bueno de ser hombres?
Odiseo: Tú y yo lo sabemos, los placeres de los dioses son placeres de los dioses. Nuestros placeres son otros, los goces divinos son goces ajenos, las
delicias no se mezclan.
Aquiles: Ellos bajan y copulan con mujeres, entran y salen a placer de nuestros sueños, truecan destinos, compran placeres, descomponen la semilla, se disfrazan de nosotros.
Odiseo: Hombres nacimos, Aquiles, pero y si fuésemos dioses, ¿qué sucesos regirían nuestros deseos? ¿Cómo sería el firmamento? ¿Con qué templanza trataríamos a los hombres?
Aquiles: Eso no indulta sus yerros, somos hombres y tenemos armaduras, pero también las palabras y el tributo de expresarlas. Lástima que yo esté muerto y mi eco sucumba, pero sé que tú estás vivo, ¿A qué has venido a este reino de sombras? ¿Qué has visto hasta ahora?
Odiseo: He visto a mi madre. Murió esperando frente al mar de Itaca. La espera es un dardo letal, no hubo compasión del viento ni consuelo de las olas, Poseidón le dio muerte ignorando su ruego y la sal de su llanto.
Aquiles: Pero tú aún estás vivo, has librado una gran guerra, tu destreza ha iluminado lo imposible, te has ganado tu regreso. ¿Qué pecado has perpetrado? ¿Cuán grande ha sido tu ofensa?
Odiseo: Ebrio debí gritar algo... los dioses son muy susceptibles, no vislumbran ni atesoran los festejos de los hombres.
Aquiles: ¡Vaya si son susceptibles! ...y celosos, y egoístas, y sañudos, y...
Odiseo: ¡Hay dioses limpios, Aquiles! Como mi fiel Atenea, mi leal protectora.
Aquiles: En la guerra no hay limpieza, la espada termina afrentada de sangre, las manos viciadas con otras estirpes, los pechos y pies nauseabundos, los ojos carmines de tanta batalla, las entrañas hechas náuseas, la saliva derritiendo hasta las rocas. ¡Vaya limpieza de dioses!
Odiseo: ¡Hay dioses que sí nos protegen!
Aquiles: ¡Hay dioses que sí nos acaban!
Odiseo: ¡Vivimos en tiempos de dioses!
Aquiles: Yo ya no vivo, yo ya tengo porque respetarlos, ahora mi guerra es con ellos.
Odiseo: La guerra ha terminado para ambos.
Aquiles: La guerra jamás se termina. Ahora tú guerra se llama: regreso. Mi guerra se llama: estar muerto.
Odiseo: ¿Es tan terrible realmente la muerte?
Aquiles: Lo es cuando mueres sintiéndote fuerte. ¿Sabes? A veces olvido que estoy en el Hades... no hace mucho que estoy muerto. A menudo tengo ganas de matar, sueño que mato a los muertos, que huyen de mí con horror, que se arruman en sus huesos implorándole a sus almas. Anhelo mi escudo, los espasmos de mi espada, la emboscada de mi lanza. ¡Tú no sabes lo difícil que es morirse!
Odiseo: Pero sé lo arduo de amparar la vida.
Aquiles: ¿Dónde están mis mirmidones? El clamor de sus gargantas. Hace calor aquí abajo. Se suda una especie de bálsamo rancio, nada parecido a la humedad de las heridas, la textura de la sangre. Aquel calor era fresco, aromado, como un río cautivo agitando sus veras. Era un torrente de histeria incapaz de borrarse.
Odiseo: Sé del calor que se guarda en las venas, yo no quisiera extrañarlo, sólo quisiera llegar a mi armario, darle refugio a mi espada y mis lanzas. Ahora yo tengo tu escudo, como buitres lo peleamos tras tu muerte, yo derroté al gran Ayax, ahora este cuero que a ti te amparaba protege mi vida.
Aquiles: Tú eres más hombre que yo, yo he comenzado a pensar como un dios, tú añoras tu Itaca, yo añoro el combate y los ojos del miedo corriendo ante mí.
Odiseo: Héctor corrió ante tu embate, él, domador de caballos, ¿qué esperabas de los hombres naturales? Todos temían de tu lanza.
Aquiles: Él dio cuenta de Patroclo, le rompí el cuerpo con odio; lo até ya invadido de saña y así lo arrastré con orgullo. Sólo Príamo me hizo ver mi estupidez, le entregué a su hijo vapuleado con barbarie. Y aún así besó mis manos.
Odiseo: Arrastraste muchos cuerpos, grande Aquiles, hombres fuertes, hombres con miedo y sin miedo, hombres que aun muerto te temen.
Aquiles: Los muertos ostentamos otros miedos, le tememos a otra muerte, a la inanición del alma, a la eternidad sin cuerpos.
Odiseo: ¿Dónde camina tu alma? ¿Qué suelo devastan tus pies tan ligeros?
Aquiles: Ando del Tártaro a Campos Elíseos, troto en el jardín de las Hespérides, siempre, siempre en busca de una guerra...
Odiseo: Tu obsesión bélica espanta.
Aquiles: ¿Mi obsesión?... ¿Puedes guardar un secreto dicho de un muerto a un mortal en visita?
Odiseo: ¡Sí!
Aquiles: Un simple sí no equivale a creerlo. Necesito tu palabra trabada a tu alma, un convenio que se anude con tu sangre.
Odiseo: Sé mentir y sé engañar, sé embaucar y adulterar, pero son armas de guerra, tan letales como el tajo de una daga o el asalto de una flecha. Suelo ser falso y timar al contrario, pero jamás al hermano, ni al consanguíneo ni al allegado. La traición ardió con Troya. Puedes confiar en el hombre, ni aun si a cambio este arcano me ofreciesen franquear una puerta directa a la Itaca yo rompería esta promesa, antes Penélope viuda.
Aquiles: Entonces escucha. No estoy sólo en esta empresa, no inútilmente recluto a los muertos ni en vano conspiro. Hartos estamos los héroes de dioses y diosas. Vamos a hacerles la guerra por donde menos lo esperan: vamos a matarlos desde el valle de las sombras. Nuestras armas están listas, nuestros
escudos bruñidos, la bravura inquebrantable, la destreza conservada. Les llegó su hora a los dioses, pronto apedrearemos su inmortalidad. Nunca un humano volverá a mirar a un dios. No dejaremos dios sobre dios, no habrá clemencia ni misericordia, ningún perdón a ningún ser divino. No habrá prisión para ellos, no habrá juicio ni milagros, no mazmorras ni torturas, sólo exterminio... matanza total... así muramos los que estamos muertos.
Odiseo: Ni aun los vivos seríamos capaces. Tus palabras son delirio. Basta un rayo del gran Zeus para quemarles su ardid; un azote del tridente haría una ola tan grande que extinguiría todo el Hades. Hay ambiciones tan vastas pero esto rebasa el absurdo. Una guerra irrealizable, una batalla insoluble. Sin embargo tu secreto está seguro.
Aquiles: Hay algo más, heroico Odiseo, tú lucharás con nosotros.
Odiseo: Falta que quiera... falta que muera.
Aquiles: Nuestra estrategia es ambigua, tú aún vivirás muchos años, puedes idear las maneras, tienes la astucia y la suerte, el tiempo sabrá aquí esperarte... No hay muerto que muera de espera. Tú encuentra tu muerte tranquilo.
Odiseo: ¿Qué es lo que quieres, Aquiles?
Aquiles: ¡Quiero un caballo de Troya! ¡Un hueco galopante para entrar en las moradas de esos seres imbatibles! Allá fue infalible, todos se
sentían cansados, abatidos por Cronos, por las enormes murallas, por los amigos extintos, por los hijos olvidados. Tú soñaste lo imposible: un caballo de madera. Todos reímos ¿recuerdas? ...pero todos al alba ayudamos a crearlo. Muere cuando tú decidas, pero no vengas vacío.
Odiseo: Vendré como todos, Aquiles, vendré a reposar con mis muertos.
Aquiles: ¡¿Reposar?! ¿Cómo poder reposar sin batallas? ¿Cómo malgastar un sueño eterno? Una oscuridad sin sentimientos, una calma perdurable sin cerberos ni tormentos.
Odiseo: Ni vivos ni muertos descansamos de los dioses.
Aquiles: ¡Ni vivos, ni muertos, ni dormidos, ni despiertos!
Odiseo: Mi destino se ha obstinado en no matarme.
Aquiles: Tú destino lo prodigan esos dioses. ¡Dioses del esparcimiento! Si aún no mueres es porque vivo les sirves de juego.
Odiseo: Si aún no he muerto es por mis rezos y los rezos que provienen de la Itaca.
Aquiles: No hay rezo que castre los auspicios del oráculo infalible. Los profetas son errores de los dioses, ni ellos desvinculan la verdad de sus augurios. ¿Por qué me incitaron a entrar a esta guerra? ¿No fue Calcas quién hizo el presagió que sin mí no ganarían? ¿Por qué entraste a Troya a robar el paladio sino por Heleno que predijo que era ineluctable el poseerlo para asegurar el triunfo? ¿A qué has venido, Odiseo? Tú no eres como el resto de los héroes, todos han bajado por pasión o por gloria: Heracles, Eneas, Orfeo, Teseo, Psique, héroes que han venido y se han marchado. ¿Tú qué buscas, Odiseo? ¿A qué profeta escudriñas?
Odiseo: ¡Tiresias!
Aquiles: No me atañen ni desairo tus motivos; ve mi talón destrozado, ve mi cuerpo inmaculado, ¿no es curiosa la ironía? Nada me parece irrealizable; aun muerto puedo decirte que muero por subir y acompañarte, por tocar el mar de nuevo, por verme rodeado de mis fieles mirmidones, por luchar entre esos hombres, no de sangre, de semen de toro y rugido de leones. Ni bebiendo del río Lete puedo olvidar esos días, bebo el odio en el Estigio y bebo lamentos del Cocito eterno.
Odiseo: Gran secreto me has confiado, tú gran hijo de Peleo, yo voy a decirte otro: si muero sin ver Itaca, beberé la pena que transita el Aqueronte, y al dilatarse mis penas voy a zambullir el alma en el gran Flegetonte.
Aquiles: ¡Volverás a Itaca y al consuelo de tu esposa! Miro en tus ojos tu monto de vida, las estrellas de tus años. Tiresias te dirá como llegar.
Odiseo: Nunca habrá olvido para estas palabras. Juro honrar tus armas aun a costa del capricho de los dioses.
Aquiles: Yo estaré en este lugar, desde aquí imploraré porque vivas, pero no a los dioses, a los héroes verdaderos que merecen los olimpos.
Odiseo: Me voy, pies ligeros, hay un vino y una copa que me espera.
Aquiles: ¿Qué más hay?
Odiseo: Una esposa que besar todas las noches.
Aquiles: ¿Qué más hay?
Odiseo: El diseño de un caballo que se infiltre entre los dioses con nosotros adentro y las armas dispuestas.

Fausto Vonbonek. (2008)